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28 febrero 2017

David Aprende a Dirigir

LA MADRE oyó a Rodolfo que lloraba en el patio de atrás. También oyó que David lo estaba embromando. Llamó a David y le preguntó por qué molestaba a Rodolfo.
-Pero, mamá, los otros chicos también lo haacen -explicó David.

-David, cuando juegas con los demás chicos,, ¿tienes que hacer lo que ellos hacen? -le preguntó.
-No, pero ellos son mis amigos, y yo quieroo hacer lo que quieren que yo haga -respondió David.
-¿Aun cuando lo que ellos quieren no esté bbien? -preguntó la mamá.

-Bueno... no -respondió David lentamente-. Pero, ¿cómo puedo conseguir que hagan algo diferente? -preguntó sorprendido.
-¿No puedes pedirles que lo hagan? -sugirióó la mamá.
-Podría. Pero si no quieren hacerlo, ¿acasoo debo ordenarles que lo hagan? Tú me enseñas que no debo dar órdenes -le recordó David a su madre.

-Hay formas de ayudar a otros a que hagan llo que está bien sin mandarles -dijo la mamá-. Puedes pedirles de buena manera que te acompañen a hacer algo mejor. Puedes retirarte cuando hacen algo que no debieran. Puedes mostrarles que hacen mal no juntándote con ellos. Puedes explicarles por qué algo está mal.
-Sí..., tal vez.., podría -dijo David-. Yo realmente no quería embromar a Rodolfo. Es un buen muchachito. ¿Puedo irme ahora? No lo molestaré más y procuraré también que Roberto y Matías dejen de hacerlo.

-Sí, tú puedes -lo animó la madre, y se queedó observándolo por la ventana.
David volvió con sus amigos. Matías blandía en el aire el caballito de juguete de Rodolfo.

-Matías, eso no te pertenece -le dijo Davidd.
-Yo estoy embromando -dijo Matías.
-No llores, Rodolfo -lo consoló David-. El te lo va a devolver.
-Rodolfo es un bebé llorón -se rió Roberto--. Míralo.
-Roberto, ¿recuerdas el día cuando Lorenzo nos quitó el barrilete? -le pregunto David.

-Sí, recuerdo -respondió lentamente Robertoo.
-¿Recuerdas Matías cómo nos sentimos? -pregguntó David volviéndose a su otro amigo, quien dejó de blandir en el aire el caballito de juguete de Rodolfo.
-Sí, pero nosotros no lloramos -le recordó Matías-.

-Nosotros éramos grandes para llorar, pero Rodolfo es chiquito. El no comprende que va a recibir de vuelta el juguete. ¿Por qué no se lo das? Realmente no es divertido hacer llorar a alguien, ¿no es así? -preguntó David.
-Muy bien. Nunca tuve la intención de guarddarlo -explicó Matías.
Yo sé, pero Rodolfo no lo sabía. Es un muchachito.

Roberto vio cuando Matías le devolvió el juguete a Rodolfo.
-No creo que debiéramos ser malos y molestaar con nuestras bromas a los muchachitos. A nosotros no nos gusta cuando Lorenzo y otros muchachos grandes nos embroman, ¿no es cierto?

-Claro que no -estuvo de acuerdo David. Loss muchachos se quedaron mirando a Rodolfo que salía al galope muy feliz con su caballito de juguete.
-Tal vez es como dice la regla de oro.,. quue debemos hacer a otros lo que queremos que los otros nos hagan a nosotros -dijo Matías.

-Claro que sí -afirmó David-. Vayamos ahoraa a buscar nuestras bicicletas.
La mamá de David observó a los muchachos. Se sentían felices. El pequeño Rodolfo estaba feliz. Ella también se sentía feliz porque su hijo estaba aprendiendo a ser un dirigente.


 Kathryn Sexton

¿Por que hay injusticia en el mundo?

En el mundo hay injusticia, opresión, represión, violencia y toda clase de males que no existirían si Dios fuera tan bueno como usted dice. ¿Sus predicadores no proclamaban habitualmente a Dios como ‘el amo de la historia’? Por lo tanto, nuestras desgracias son su responsabilidad, ya sea que las quiera, o sea que las permita”.

Sin embargo, es indecente cargar sobre Dios la responsabilidad de nuestras faltas y nuestros crímenes. Si él interviniera en cada uno de nuestros actos, sería entonces cuando Karl Marx tendría razón al acusar a la religión de ser “alienante”, pues seríamos incapaces, no solamente de hacer el mal, sino también de hacer el bien por nuestra iniciativa propia: dejaríamos de ser personas, no seríamos otra cosa que moléculas del vasto universo y llevaríamos la existencia de los cuerpos celestes que no se comunican entre ellos más que por la ley de la gravitación universal. Esta organización de la vida de los individuos de tal manera que no tengan jamás la capacidad o el poder de elegir, solamente es propia de las dictaduras.

Si ponemos en práctica los dos mandamientos de las Escrituras: “Amarás a Dios, amarás a tu prójimo como a ti mismo”, respecto a los cuales Cristo nos dijo que resumían la ley y los profetas, no habría ni injusticias ni violencias en el mundo.

En cuanto a la expresión “el amo de la historia”, debe ser proscrita en virtud de la terrible ambigüedad que contiene, debido a la cual parece, por lo menos, asociar a Dios a nuestras infamias. La historia humana, es “el ruido y el furor” de que habla Shakespeare, no implica a Dios, a quien rechaza con todas sus miserables fuerzas desde el comienzo de los tiempos. Si bien es verdad que Dios entró en nuestra historia por medio de la persona de Jesús, el Cristo, no es, ni por asomo, para tomar en ella el poder, sino más bien para abandonar el suyo, a fin de buscar, despertar, reanimar y recibir la fe, la que es, en nosotros, la réplica oscura y sin precio de su propia generosidad.

El mono y la mona discuten

Sentados en la rama de un árbol, el mono y la mona contemplaban la puesta de sol. En cierto momento, ella preguntó:

-¿Qué hace que el cielo cambie de color, a la hora en que el sol llega al horizonte?

-Si quisiéramos explicar todo, dejaríamos de vivir -respondió el mono. -Quédate quieta, vamos a dejar que nuestro corazón disfrute con este romántico atardecer.

La mona se enfureció.

-Eres primitivo y supersticioso. Ya no le prestas atención a la lógica, y sólo te interesa aprovechar la vida.

En ese momento, pasaba un ciempiés.

-¡ciempiés! -gritó el mono. -¿Cómo haces para mover tantas patas en perfecta armonía?

-¡Jamás lo pensé! -fue la respuesta.

-¡Pues piénsalo! ¡A mi mujer le gustaría tener una explicación!

El ciempiés miró sus patas y comenzó:

-Bueno… flexiono este músculo…no, no es así, yo debo mover mi cuerpo por aquí…

Durante media hora trato de explicar cómo movía sus patas, y a medida que lo intentaba, se iba confundiendo cada vez más. Cuando quiso continuar su camino, ya no pudo seguir caminando.

-¿Ves lo que hiciste? -gritó desesperado. -¡Con el ansia de descubrir cómo funciono, perdí los movimientos!

-¿Te das cuenta de lo que ocurre con aquellos que desean explicar todo?

-dijo el mono, volviéndose una vez más para presenciar la puesta de sol en silencio.


27 febrero 2017

Confucio y los profesores

Poco se conoce acerca de la vida del filósofo chino Confucio; se cree que vivió entre los años 551-479 A.C. Algunas de sus obras se le atribuyen a él, otras fueron compiladas por sus discípulos. En uno de estos textos, “Conversaciones Familiares”, aparece un interesante diálogo que tiene que ver con el aprendizaje.

Confucio se sentó a descansar, y sus alumnos comenzaron a hacerle preguntas. Ese día, el Maestro estaba bien dispuesto, y decidió responder.

-Usted consigue explicar todo lo que quiere. ¿Por qué no se acerca al

emperador y habla con él?

-El emperador también hace bellos discursos -dijo Confucio. -Y los bellos

discursos no son más que una cuestión de técnica; en sí mismos, no son portadores de la Virtud.

-Entonces envíele su libro Poemas.

-Los trescientos poemas allí escritos se pueden resumir en una sola frase:

piense correctamente. Éste es el secreto.

-¿Y qué es pensar correctamente?

-Es saber usar la mente y el corazón, la disciplina y la emoción. Cuando se desea una cosa, la vida nos guiará hacia ella, pero por caminos que no esperamos. Muchas veces nos dejamos confundir, porque estos caminos nos sorprenden -y entonces creemos que estamos yendo en dirección equivocada. Por eso digo: déjense llevar por la emoción, pero practiquen la disciplina de seguir adelante.

-¿Usted hizo eso?

-A los quince años, comencé a aprender. A los treinta, tuve la certeza de lo que deseaba. A los cuarenta, volvieron las dudas. A los cincuenta años, descubrí que el Cielo tiene un designio para mí y para cada hombre sobre la faz de la Tierra. A los sesenta, comprendí este designio y encontré la tranquilidad para cumplirlo. Ahora, a los setenta años, puedo escuchar a mi corazón, sin que éste me haga salir del camino.

-Entonces, qué lo hace diferente de los otros hombres que también aceptan la voluntad del cielo?

-Yo trato de compartirla con ustedes. Y aquel que consigue discutir una verdad antigua con una generación nueva, debe usar su capacidad para enseñar. Ésta es mi única cualidad: ser un buen profesor.

-¿Y cómo es un buen profesor?

-El que revisa todo lo que enseña. Las ideas antiguas no pueden esclavizar al hombre, porque ellas se adaptan, y toman nuevas formas. Entonces, tomemos la riqueza filosófica del pasado, sin olvidar los desafíos que el mundo de hoy propone.

-¿Y qué es un buen alumno?

-Aquel que escucha lo que digo, pero que adapta mis enseñanzas a su vida, y nunca las sigue al pie de la letra. Aquel que no busca un empleo sino un trabajo que lo dignifique. Aquel que no busca hacerse notar, pero sí en cambio hacer algo notable.


Palabras de Jesús sobre la Comunión

Procuraos, no el alimento que pasa, sino el que dura para la vida eterna, el que da el Hijo del Hombre (Juan 6, 27).

El pan de Dios es el que ha bajado del Cielo y da vida al mundo (Juan 6, 33).

Yo soy el Pan de vida. El que viene a Mí no tendrá hambre, y el que cree en Mí no tendrá sed jamás (Juan 6, 35).

Vuestros padres comieron el maná del desierto y murieron. Éste es el Pan que baja del Cielo, para que si alguien come de él no muera (Juan 6, 49-50).

Yo soy el Pan vivo bajado del Cielo. Si uno come de este pan, vivirá eternamente; y el pan que Yo le daré es mi carne para la vida del mundo (Juan 6, 51).

Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día (Juan 6, 53-54).

El que come mi carne y bebe mi sangre mora en Mí, y Yo en él (Juan 6, 56).

Tomad y comed: esto es mi Cuerpo (Mateo 26, 26).

No estás deprimido, estás distraido

No estás deprimido, estás distraído. Distraído de la vida que te puebla. Distraído de la vida que te rodea, delfines, bosques, mares, montañas, ríos.

No caigas en lo que cayó tu hermano, que sufre por un ser humano, cuando en el mundo hay cinco mil seiscientos millones. Además, no es tan malo vivir solo. Yo la paso bien, decidiendo a cada instante lo que quiero hacer, y gracias a la soledad me conozco, algo fundamental para vivir.

No caigas en lo que cayó tu padre, que se siente viejo porque tiene setenta años, olvidando que Moisés dirigía el Éxodo a los ochenta y Rubinstein interpretaba como nadie a Chopin a los noventa, sólo por citar dos casos conocidos.

No estás deprimido, estás distraído. Por eso crees que perdiste algo, lo que es imposible, porque todo te fue dado. No hiciste ni un sólo pelo de tu cabeza, por lo tanto no puedes ser dueño de nada. Además, la vida no te quita cosas, te libera de cosas; te aliviana para que vueles más alto, para que alcances la plenitud.

De la cuna a la tumba es una escuela; por eso, lo que llamas problemas, son lecciones. No perdiste a nadie: el que murió, simplemente se nos adelantó, porque para allá vamos todos. Además, lo mejor de él, el amor, sigue en tu corazón.

¿Quién podría decir que Jesús está muerto? No hay muerte… hay mudanza. Y del otro lado te espera gente maravillosa: Gandhi, Miguel Ángel, Whitman, San Agustín, la Madre Teresa, tu abuelo y mi madre, que creía que la pobreza está más cerca del amor, porque el dinero nos distrae con demasiadas cosas y nos aleja, porque nos hace desconfiados.

Haz sólo lo que amas y serás feliz. El que hace lo que ama, está benditamente condenado al éxito, que llegará cuando deba llegar, porque lo que debe ser, será y, llegará naturalmente.

No hagas nada por obligación ni por compromiso, sino por amor. Entonces habrá plenitud, y en esa plenitud todo es posible y sin esfuerzo, porque te mueve la fuerza natural de la vida, la que me levantó cuando se cayó el avión con mi mujer y mi hija; la que me mantuvo vivo cuando los médicos me diagnosticaban tres o cuatro meses de vida.

Dios te puso un ser humano a cargo y eres tú mismo. A ti debes hacerte libre y feliz. Después podrás compartir la vida verdadera con los demás.

Recuerda a Jesús: “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Reconcíliate contigo, ponte frente al espejo y piensa que esa criatura que estás viendo es obra de Dios y decide ahora mismo ser feliz, porque la felicidad es una adquisición. Además, la felicidad no es un derecho, sino un deber; porque si no eres feliz, estás amargando a todo el barrio.

Hay tantas cosas para gozar y nuestro paso por la tierra es tan corto, que sufrir es una pérdida de tiempo. Tenemos para gozar la nieve del invierno y las flores de la primavera, el chocolate de la Perusa, la baguette francesa, los tacos mexicanos, el vino chileno, los mares y los ríos, el fútbol de los brasileños, Las Mil y Una Noches, la Divina Comedia, el Quijote, el Pedro Páramo, los boleros de Manzanero y las poesías de Whitman; la música de Mahler, Mozart, Chopin, Beethoven; las pinturas de Caravaggio, Rembrandt, Velázquez, Picasso y Tamayo, entre tantas maravillas.



Y si tienes cáncer o sida, pueden pasar dos cosas, y las dos son buenas: si te gana, te libera del cuerpo que es tan molesto (tengo hambre, tengo frío, tengo sueño, tengo ganas, tengo razón, tengo dudas); y si le ganas, serás más humilde, más agradecido, por lo tanto, fácilmente feliz, libre del tremendo peso de la culpa, la responsabilidad y la vanidad, dispuesto a vivir cada instante profundamente, como debe ser.

No estás deprimido, estás desocupado.
Ayuda al niño que te necesita, ese niño que está dentro de tí. Ayuda a los viejos, y los jóvenes te ayudarán cuando lo seas. Además, el servicio es una felicidad segura, como gozar de la naturaleza y cuidarla para el que vendrá.

Da sin medida y te darán sin medida. Ama hasta convertirte en lo amado; más aún, hasta convertirte en el mismísimo Amor.

Y que no te confundan unos pocos homicidas y suicidas. El bien es mayoría, pero no se nota porque es silencioso. Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye, hay millones de caricias que alimentan a la vida. Vale la pena, ¿verdad?.

Si Dios tuviera un refrigerador, tendría tu foto pegada en él. Si él tuviera una cartera, tu foto estaría dentro de ella. El te manda flores cada primavera. El te manda un amanecer cada mañana. Cada vez que tú le quieres hablar, él te escucha, Él puede vivir en cualquier parte del universo, pero Él escogió tu corazón. Enfréntalo, amigo, ¡él está loco por ti!.

Cuando la vida te presente mil razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones por las cuales sonreír.



Reflexión de Facundo Cabral

25 febrero 2017

Ayer soñé que podía y hoy puedo

De mi madre aprendí que nunca es tarde, que siempre se puede empezar de nuevo.

 Ahora mismo le puedes decir: ¡basta! a los hábitos que te destruyen, a las cosas que te encadenan, a la tarjeta de crédito, a los noticieros que te envenenan desde la mañana, a los que quieren dirigir tu vida por el camino perdido. Ahora mismo le puedes decir basta al miedo que heredaste, porque la vida es aquí y ahora mismo.

 Que nada te distraiga de ti mismo, debes estar atento porque todavía no gozaste la más grande alegría, ni sufriste el más grande dolor. Vacía la copa cada noche para que Dios te la llene de agua nueva en el nuevo día. Vive de instante en instante porque eso es la vida. Me costó muchos años llegar hasta aquí, ¿cómo no gozar y respetar este momento?

 Se gana y se pierde, se sube y se baja, se nace y se muere. Y si la historia es tan simple, ¿por qué te preocupas tanto? No te sientas aparte y olvidado, todos somos la sal de la Tierra. En la tranquilidad hay salud, como plenitud dentro de uno.

 Perdónate, acéptate, reconócete y ámate, recuerda que tienes que vivir contigo mismo por la eternidad, borra el pasado para no repetirlo. No culpes a tus padres por haberte tratado como te trataron, porque nadie puede enseñar lo que no sabe, perdónalos y te liberarás de esas cadenas.

 Si estás atento al presente, el pasado no te distraerá, entonces serás siempre nuevo. Tienes el poder para ser libre en este mismo momento, el poder está siempre en el presente porque toda la vida está en cada instante, pero no digas no puedo ni en broma porque el inconsciente no tiene sentido del humor, lo tomará en serio y te lo recordará cada vez que lo intentes.



 Si quieres recuperar la salud, abandona la crítica, el resentimiento y la culpa, responsables de nuestras enfermedades. Perdona a todos y perdónate, no hay liberación más grande que el perdón, no hay nada como vivir sin enemigos. Nada peor para la cabeza y por lo tanto para el cuerpo, que el miedo, la culpa, el resentimiento y la crítica que te hace juez (agotadora y vana tarea) y cómplice de lo que te disgusta. Culpar a los demás, es no aceptar la responsabilidad de nuestra vida, es distraerse de ella.

 El bien y el mal viven dentro tuyo, alimenta más al bien para que sea el vencedor cada vez que tengan que enfrentarse. Lo que llamamos problemas son lecciones, por eso nada de lo que nos sucede es en vano.

 No te quejes, recuerda que naciste desnudo, entonces ese pantalón y esa camisa que llevas ya son ganancia. Cuida el presente, porque en él vivirás el resto de tu vida. Libérate de la ansiedad, piensa que lo que debe ser será, y sucederá naturalmente.

 Facundo Cabral

La “excusitis”

La “excusitis”

¿Han oído hablar de la “Excusitis”? Es una enfermedad endémica que se agrava si no es atacada a tiempo.

Si no se erradica, termina causando dos enfermedades aún más graves: la “Desmoralitis” y la “Fracasitis”.

Definición de la enfermedad: Se manifiesta con agudos ataques de excusas surtidas (las excusas son las mentiras con que queremos convencernos a nosotros mismos para no hacer algo, o para evadir responsabilidades ante la vida.)

Frases típicas” de esta enfermedad son:

“NO TENGO TIEMPO”.

¿Para qué mentir? Muchas veces es lo mismo que decir “no tengo ganas”. Es curioso que la gente más ocupada es justamente la que encuentra a veces más tiempo para hacer otras cosas.

“MI SALUD NO ME ACOMPAÑA”.

¿Está seguro? Piense en los grandes hombres y mujeres de la historia que podrían haber usado esta excusa para no hacer lo que hicieron.

“NO TENGO EDAD PARA ESO”.

Si no tuvo la edad a los 20, tampoco la va a tener a los 40. Hay
jóvenes de 70 años y viejos de 30.

Solamente es demasiado tarde cuando usted piense que es demasiado tarde….
“ME FALTA CAPACIDAD” .

¿No será más bien que le falta constancia? Porque la constancia, la perseverancia, es el 90% de lo que después llamamos “habilidad”. La gracia es hacer trabajar más la inteligencia o capacidad que tiene.

“TENGO MALA SUERTE”.

¿De veras lo ha intentado? No busque Ud. suerte si no ha habido planificación, optimismo, lucha. Las dificultades hay que aprovecharlas para aprender, y los fracasos como lección para empezar de nuevo.



“TENGO MIEDO”.

La indecisión y el aplazamiento de las decisiones lo hacen crecer. No hay que dilatar inútilmente lo que Ud. sabe que tendrá que enfrentar tarde o temprano.

Hable con esa persona, vaya donde tiene que ir, tome esa decisión de una vez. Se sacará un peso de encima y adquirirá nueva confianza en Ud. mismo(a).

La próxima vez que sea víctima de esta enfermedad y quiera usar una excusa de éstas, piense primero….”¿A quién quiero engañar?”

La alegría y la tristeza

La alegría es la tristeza desenmascarada y el pozo del que brota nuestra risa, es el mismo que colma nuestras lágrimas.

Mientras más hondo cava el dolor dentro de nosotros y más profunda se hace nuestra herida, más cabida habrá para nuestro gozo, más espacio habrá para la alegría.

 Cuando estés feliz mira profundo en tu corazón y verás que lo que te causó dolor ahora te da alegría.

 Si estás triste, mira en tu corazón y verás que lloras por lo que fue el motivo de tu felicidad.

 La alegría y la tristeza son inseparables, y cuando una está sentada a tu mesa la otra, está dormida en tu lecho.

 Sólo cuando vivimos alegrías y tristezas podemos estar quietos, en equilibrio, en paz.

 Kalil Gibrán

24 febrero 2017

¿Qué hay después de la muerte?

Parece que no hay nada. En realidad, no es posible discernir en un muerto ningún elemento inmaterial de supervivencia que pudiera escapar al proceso de descomposición. ‘No encontré el alma bajo mi escalpelo’, decía Glande Bernard. Casi no se la encuentra tampoco en el discurso religioso, tan imprecisa y poco localizable es esta noción en el ser humano. Se renunció al mismo tiempo a la fantasía medieval del ‘cielo’, lugar donde las almas bienaventuradas se movían alrededor de Dios agitando perezosamente palmas y entonando cánticos, actividad monótona de la cual Descartes temía cansarse.

 La Iglesia misma parece vacilante sobre este capítulo, puesto que, por un lado, invita a la esperanza en ese cielo, mientras que, por otro lado, invoca sobre los difuntos la gracia del ‘descanso eterno’. Hoy tenemos una religión mucho más razonable, que prefiere dedicar sus fuerzas a hacer sobre esta tierra ese ‘mundo mejor’ que antiguamente se situaba en los cielos”.

Sin embargo, Cristo dijo: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. ¿Quién los consolará si no es él, y cómo serían consolados sin aquellos a los que amaron?
Las objeciones no se sostienen.
— “Siglo de las manos”, decía Rimbaud de su época, y ciertamente es preciso constatar que el siglo XIX cientificista tenía la mano particularmente grosera. Un elemento inmaterial, por definición, escapa a la aprehensión y al bisturí. Si Glande Bernard hubiera encontrado un alma bajo su escalpelo, habría dado un duro golpe a la religión.

— Descartes temía aburrirse de contemplar a Dios durante “diez mil años”. No se le ocurrió jamás la idea clara y distinta de que Dios podría aburrirse mucho más pronto de contemplarlo a él. Nuestro gran agrimensor de los límites del sentido común lo ignoraba todo respecto a la contemplación, la cual no está sometida ni al tiempo, ni a la extensión, ni a los reglamentos de la oficina de pesas y medidas.

— Los materialistas se complacen en atribuir a nuestros antepasados errores que no cometían, y de los que salían cómodamente. En consecuencia, sonríen con condescendencia ante la ingenuidad de los antiguos, quienes, según ellos, creían que la tierra era plana como una mesa. Ahora bien, los antiguos sabían perfectamente que la tierra era redonda, y Aristóteles le atribuía incluso la forma de una pera.

Del mismo modo, se burlan de ese paraíso que los pintores alojaban encima de las nubes, un cielo sobre el que los materialistas, especie conmovedora, creen saber que no contiene ninguna presencia.
Pero el cielo es el universo espiritual de Dios. Y no solamente existe, sino que nos rodea, nos envuelve y nos atraviesa, del mismo modo en que estamos atravesados sin cesar y sin saberlo por cantidades de rayos e incluso de partículas, que no son menos inasibles.

— Tenemos, es cierto, el deber de trabajar en la construcción de un mundo mejor, y el hecho de lograr uno menos malo sería ya un resultado apreciable. Pero resultaría absurdo reducir nuestras esperanzas a un arreglo más satisfactorio de esta tierra, pasando a la cuenta de ganancias y pérdidas todas las desgracias del pasado y del presente, corno si no se tratara más que de desechos inevitables en el proceso de nuestras futuras realizaciones políticas. Todas esas lágrimas, toda esa sangre, de las que desborda nuestra historia, ¿no habrían servido más que para edificar una ciudad terrestre ideal, cuya inauguración sería constantemente remitida a una fecha posterior?

Y recuerdo que, en el Apocalipsis, la nueva Jerusalén desciende del cielo, y no sube de la tierra como otra Babel destinada a derrumbarse.
Por último, cuando la Iglesia habla de “descanso eterno” piensa en nuestro pobre cuerpo, que va a ser depositado por un tiempo indeterminado en uno de esos cementerios que no son nada más que los vestuarios de la resurrección.
¿Qué hay después de la muerte?
De atenerse a la fe, la que cree en la resurrección, y en la razón, restringida al perímetro de los sentidos, la respuesta es sencilla: la muerte es un guiño.

Los ojos de la carne se cierran sobre este mundo y se abren de inmediato sobre la resurrección, al ser abolido el tiempo, los siglos no entran en consideración. He ahí para el cuerpo lo que puede decir la fe cuando se la contiene dentro de los límites de la observación material, lo cual, por otra parte, no es hacerle ningún servicio.

¿Pero el ser humano no es nada más que un cuerpo, un condensado de moléculas dispersadas por el viento un día u otro? La fe, que sabe más de ello por virtud de la revelación y de la experiencia mística, puede decir más.

La fe aprendió por Cristo que “el ojo no vio, el oído no oyó, lo que Dios preparó para aquellos que lo aman”. Atenta a todas las palabras del Evangelio, guarda en su corazón una expresión, de la que no se extrae generalmente todo el sentido que contiene.

Interrogado por los Saduceos sobre la resurrección, en la que no creían, Jesús les dice lo que seremos cuando todo se haya cumplido, y agrega esas palabras cuyo alcance no se mide siempre, quizá porque las enuncia como una trivialidad de las Escrituras: “Por otra parte, ¿Dios no dijo a Moisés, yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob? Es, por lo tanto, el Dios de los vivos”.

Se concluye generalmente que es el Dios de la vida, no de la muerte, cuando acaba de entregarnos, como por descuido, un secreto sin precio: Abraham, Isaac y Jacob están siempre vivos, aunque hayan desaparecido hace mucho tiempo, esa muerte que es una dura realidad para nosotros no existe para Dios; todo ser a su imagen lleva un nombre, el cual expresa su persona, y esa imagen es imborrable, Dios no olvida jamás ese nombre, y esa persona, así haya tenido un instante o un siglo de vida, ¿cómo no viviría en él, cuando sobrevive en nuestra insignificante memoria?

En cuanto a la experiencia mística, es la que da la certeza de que “después de la muerte” hay un Dios, y esto será, les respondo de ello, una gran sorpresa para muchos. Se darán cuenta con el asombro que sentí yo el día de mi conversión, y que dura todavía, de que hay “otro mundo”, un universo espiritual hecho de luz esencial de un resplandor prodigioso, de una dulzura trastornadora, y, al mismo tiempo, todo lo que les parecía inverosímil la víspera les parecerá natural, todo lo que les parecía improbable les resultará deliciosamente aceptable, y todo lo que negaban les será gozosamente refutado por la evidencia. Se darán cuenta de que todas las esperanzas cristianas eran fundadas, incluso las más locas, esas que no lo son aún bastante para dar una justa idea de la prodigalidad divina. Comprobarán, como yo lo comprobé, que los ojos de la carne no son necesarios para recibir esa luz espiritual y magistral, que éstos más bien nos impedirían verla, y que ilumina en nosotros una parte de nosotros mismos que no depende de ningún modo de nuestro cuerpo. ¿Cómo puede ser eso? No lo sé —no lo sé en absoluto— pero sé que lo que digo es verdadero.

Una pequeña rosa roja

Caminaba un día por la calle, cuando observé como unas nubes oscuras se juntaban en el cielo, y vi luego como la lluvia empezó a caer, rápidamente busqué refugio, al mismo tiempo que la suave lluvia se convertía poco a poco en tormenta.

Encontré refugio bajo una cornisa, a la entrada de una casa, en el momento en que la tormenta caía con más fuerza y estruendo. vi. entonces una pequeña rosa roja, golpeada y encorvada por las grandes gotas de agua que constantemente le azotaban; y a pesar de esto no se rompía, sino que soportaba con increíble resistencia el gran embate de la lluvia y cada uno de sus golpes; manifestado en grandes y pesadas gotas de agua.

Me sorprendí al ver como a pesar del viento y lluvia, la pequeña rosa roja soportaba el gran castigo, sin ceder ni un ápice. En muchos momentos, pensé verla caer, derrotada por la furia del agua, mas sin embargo, volvía a enderezar su ya doblado tallo por la lluvia.

Al pasar la lluvia, y ver como el sol salía de entre las oscuras nubes…

… Noté con asombro como la pequeña y frágil rosa roja, estaba aún en su lugar, con su tallo erguido hacia el cielo, mostrando con orgullo sus bellos pétalos rojos, en señal de su victoria ante las fuerzas de la misma naturaleza, a la cual pertenece.

Esto me hizo reflexionar acerca de mi vida; pues al recordar como la indefensa rosa luchaba por seguir en pié ante la tempestad, y después de observar cuán dura había sido su lucha, me recordó las dificultades que había tenido en mi vida, y de como muchas veces, había sentido que ya no podía más, pero al ver la rosa roja, en pié y victoriosa, recordé aquel pasaje de la Biblia, donde se dice que nosotros valemos más que las flores del campo y los pajarillos del cielo, y pensé:

“Si Dios dio fuerza a esa pequeña rosa roja para pasar la tempestad; ¿por qué he de temer a las adversidades?

Pues si Dios no dejó que esa rosa que no ama, no camina y no tiene razón soportara la tormenta, ¿cuánto más cuidará de mí, hijo de Dios y heredero de la vida eterna?”

Desde entonces no dejo que nada me asuste, atemorice o desanime, y cada vez que siento desfallecer; recuerdo aquella pequeña rosa roja, la cual me mostró cuánto valgo y lo duro que he de pelear en este mundo, pero también recuerdo el amor que me tiene aquel que dio fuerza a la rosa, para que pudiera resistir.

Autor: Desconocido

Palabras de Jesús sobre la Confesión

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos; y cuanto atares en la Tierra será atado en los Cielos, y cuanto desatares sobre la Tierra será desatado en los Cielos (Mateo 16, 18-19)

Os aseguro que todo lo que atéis en la Tierra será atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la Tierra será desatado en el Cielo (Mateo 18, 18).

A quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos
(Juan 20, 23).

No vine a llamar a penitencia a los justos, sino a los pecadores (Lucas 5, 32).

Os digo que habrá más alegría en el Cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia (Lucas 15, 7).

El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lucas 19, 10).

Mira que has sido curado. No peques más, para que no te suceda algo peor (Juan 5, 14).

Vete, y desde ahora no peques más (Juan 8, 11).

23 febrero 2017

El sufrimiento

Se dijo con razón, y se lo repite frecuentemente hoy en día, hasta en las iglesias, que el sufrimiento no tiene valor en sí. Su acción es puramente negativa. Debilita, degrada, a veces incluso envilece al ser humano. Reduce su autonomía cuando no la aniquila para hacerlo enteramente dependiente de los demás. Perturba, deforma o apaga sus facultades, lo conduce a la desesperación o, en el mejor de los casos, a una resignación acechante en la cual, como encogido en lo más profundo de sí mismo, no espera más que el rostro vacío de la liberación, que será su última visita.

Es la piedra en la que tropiezan todas las sabidurías y todas las religiones: los más prudentes la contornean o simulan no verla. Saben perfectamente que el sufrimiento, y en particular el sufrimiento de los inocentes, es injustificable e incompatible con la hipótesis de Dios, a menos que se haga de éste el ser indiferente y lejano para quien Baudelaire, sin gran esperanza de ser oído, resumía toda la historia de la humanidad en los terribles versos en los que evoca fcese ardiente sollozo que rueda de edad en edad, y va a morir al borde de vuestra eternidad’.

No solamente hay que combatir el sufrimiento, cosa acerca de la que nadie disiente, pero si no se quiere caer en un ‘dolorismo’ que no sería más que un vicio como cualquier otro, también es preciso negarle todo sentido y toda utilidad; sin contar con que hace perder la fe a muchos, e impide creer a los otros”.
Sin embargo, Cristo sufrió y nos dijo que debía pasar por eso “para entrar en su gloria”, estando sobreentendido que en Dios la gloria no es otra cosa que la irradiación visible del amor.

El sufrimiento es el interrogante de los interrogantes. Se plantea con el primer vagido del niño que llega al mundo, y no cesa de perseguirnos hasta el fin, frente a aquel a quien el hálito potente de la agonía desprende de la ribera de los vivos. Negar el valor del sufrimiento no es, de ningún modo, acudir en ayuda de los enfermos, sino por el contrario arrancarles algo más, es una indignidad.

 Ellos son creadores de caridad alrededor de sí, en eso son semejantes a Dios, ¿y en eso quién podría decirse su igual? Tienen el poder de hacernos mejores, aunque no sea más que por un instante. ¿No les damos las gracias por ese beneficio? “Yo estaba enfermo, y me han visitado” nos dice Cristo. Y no: “Estabas enfermo, y los que te vinieron a ver tienen toda mi simpatía”.

El es el enfermo, el leproso, el prisionero, el minusválido, y eso significa que, en el pobre ser que somos, toda insuficiencia es una forma de la presencia de Dios: quien no comprende eso, no comprenderá nunca nada del cristianismo.

Sucede, como se señala en las objeciones que preceden a esta respuesta que, bajo el golpe de una desgracia repentina, o ante el anuncio de una enfermedad irremediable que afecta a alguien cercano, algunos digan que “perdieron la fe”.

Pero a menudo no la pierden más que para dárnosla, por su coraje, su persistencia, su paciencia, que despiertan nuestra admiración y testimonian que el ser humano es mayor que su condición y que existe una belleza del alma, que es incorruptible, según susurra algo en nosotros mismos.

En tales condiciones, hablar de la “falta de sentido” o de la “inutilidad” del sufrimiento demuestra solamente grosería espiritual. Por supuesto, se tiene razón al manifestar que un sufrimiento querido y buscado no sería más que un placer más, y que podría fácilmente girar a la abyección; solamente cuenta el sufrimiento impuesto, aquel que Cristo, en el monte de los Olivos, pidió por un instante que le fuera evitado, antes de aceptar su amargura.

Este indeseable no espera que se lo llame, y no perdona a nadie. Llega cuando menos se lo espera, se desliza hasta en la felicidad, cuya precariedad nos hace sentir. A veces, lo producimos nosotros mismos por nuestra reticencia para dar —pues si Dios es efusión, nosotros seríamos más bien retención— y esta avaricia, de la cual no siempre tenemos clara conciencia, forma en nosotros esas dolor osas concreciones de rechazo que son el equivalente psicológico de lo que la medicina llama “cálculos”. De ese don de sí que es alegría en el infinito de Dios, nuestros límites hacen un sufrimiento.

 Descarto los males que los hombres se causan los unos a los otros por su egoísmo, sus ambiciones, su voracidad, su fanatismo, el despliegue de ese odio rapaz que cubre aún con su sombra el calvario de Auschwitz, y todas las abominaciones de las que nos hacemos culpables con el ejercicio abusivo de nuestra libertad. De todos esos horrores y devastaciones solamente nosotros tenemos la responsabilidad. Nuestro siglo realizó prodigios, es verdad, pero no se distinguió menos en las masacres y en la mentira, y resulta absolutamente insoportable verlo, todavía pringoso de sus crímenes, volver hacia el creyente su rostro lívido de Caín para preguntarle: “¿Dónde está tu Dios?” cuando acaba de matarlo en el justo y en el inocente.

Dejo el siglo a sus obras, y vuelvo a ese sufrimiento impuesto que proviene, no de nuestras diversas perversiones morales, sino de nuestra condición humana, expuesta en todo momento a la separación y a la muerte. ¿Quién nos acusará de ser frágiles, efímeros, sujetos a la decadencia y a lo ineluctable? Hasta aquí, a semejanza del niño con un espejo que hace rebotar un rayo de sol para inflamar un fósforo, me esforcé en colocar todas las respuestas de este libro en la línea de acción de esa luz que me enseñó, de improviso, un día de julio, que Dios era dulzura misericordiosa e invencible, caridad pura, que todas las otras verdades no eran más que reflejos de aquella verdad; y es sobre ese algo irracional que se llama amor que intenté apoyar la lógica de mi discurso.

Pero ahora que tengo que hablar del sufrimiento del inocente, no se trata ya de imitar al niño que intenta atrapar el rayo que penetra por la ventana, se trata de entrar en el sol.
Conocí, creo haber conocido, en la barraca de los judíos del Fort Montluc, en los tiempos de los Klaus Barbie y de los proveedores de fosas comunes, todas las clases de dolores que la persecución y la barbarie pueden extraer del cuerpo humano y del alma sin defensa, la cual no es ya más que una vibración inaudible, un soplo asustado, un aliento de réquiem.

Vi a aquellos que no eran más que una llaga, destrozados por los golpes de la nuca a los talones, y que se movían con precauciones infinitas, como en una invisible tienda de porcelana; aquellos a los que se había asfixiado en el agua fría y que no podían terminar de tiritar bajo su frazada, teniendo, en los ojos, la estela de una fuga enloquecida e imposible; aquellos que volvían vacilando a la vida, como si temieran que el odio, al encontrarlos de pie, viniera a tomarlos del cuello para conducirlos al suplicio; aquellos que temblaban noche y día por los suyos, libres, pero por cuántas horas, o encerrados, pero en qué casillero de prisioneros; aquellos que iban hacia las fauces de los fusiles con un paso de autómata, la mirada más allá de la realidad; aquellos a quienes los torturadores embriagados por el sentimiento de su omnipotencia martirizaban moralmente, esforzándose en humillarlos, en acosar en ellos todo cuanto podía haber de esperanza todavía, de manera de hacerles sentir lentamente, minuciosamente, los avances de un inexorable proceso de eliminación.

Mucho tiempo después, las garras rapaces del sueño me arrebataban casi todas las noches para conducirme de nuevo a ese recinto de todas las desolaciones, donde creía haber vivido todo lo que los nervios humanos pueden soportar sin romperse.

Yo no sabía todavía que existía un dolor que resume a todos los dolores, y ustedes no se imaginan con qué temeroso ardor deseo que a ustedes les sea por siempre ahorrado. Incluso todavía hoy, no tengo la fuerza suficiente para describirles esos momentos lúgubres, en los cuales, dentro del orden trastornado de las cosas, el cielo no es más que indiferencia, la tierra promesa de corrupción, y en los que vieron por última vez el rostro de un hijo a través de la abertura de una caja de madera. No hay desgracia más grande.

El tiempo la atenúa, pero nunca la aleja mucho, y para que vuelva a invadirlos, basta un objeto, y el olor de una planta, un nombre, que no se pronuncia ya a sí mismo, el grito de un pájaro, cierto silencio, una nada. Y después, un día, que será otro día de revelación, a la vuelta de una esquina, el lanzazo del recuerdo volverá a alcanzarlos por milésima vez.

 Entonces pensarán de pronto que nada sería peor que el olvido, que este sufrimiento que en otro tiempo sobrepasó todos los límites, es la prueba de que amaron, que esta prueba es la justificación de su existencia, su bien más precioso, el único que se llevarán cuando el resto vuelva al polvo. Sentirán la convivencia profunda del sufrimiento y del amor en su naturaleza perecedera.

Viendo como, con una potencia casi infinita, el sufrimiento al mismo tiempo los habrá unido indisolublemente a sus seres queridos, abierto a la piedad y entregado a la más anecdótica de las lágrimas de un niño, a qué punto los habrá vuelto más sensibles a la pena y a la soledad de los otros, de todos los otros, de qué manera, en fin, desde ese mundo éste se convierte en caridad, pensarán en la pasión de Cristo, que está en el corazón de la fe de ustedes.

 Y comprenderán, qué digo, sabrán, verán maravillados que, si bien la justicia y la misericordia podrían muy bien evitar el camino de la cruz para salvar a los hombres, no había otro que éste para el amor encamado.

La gente que me gusta

Primero que todo

Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace en menos tiempo de lo esperado.

Me gusta la gente con capacidad para medir las consecuencias de sus acciones, la gente que no deja las soluciones al azar.

Me gusta la gente estricta con su gente y consigo misma, pero que no pierda de vista que somos humanos y nos podemos equivocar.

Me gusta la gente que piensa que el trabajo en equipo, entre amigos, produce más que los caóticos esfuerzos individuales.

Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría.

Me gusta la gente sincera y franca, capaz de oponerse con argumentos serenos y razonables.

Me gusta la gente de criterio, la que no se avergüenza de reconocer que no sabe algo o que se equivocó.

Me gusta la gente que al aceptar sus errores, se esfuerza genuinamente por no volver a cometerlos.

Me gusta la gente capaz de criticarme constructivamente y de frente; a éstos los llamo mis amigos.

Me gusta la gente fiel y persistente, que no fallece cuando de alcanzar objetivos e ideas se trata.

Me gusta la gente que trabaja por resultados. Con gente como esa, me comprometo a lo que sea, ya que con haber tenido esa gente a mi lado me doy por bien retribuido.




Mario Benedetti

Detrás del sol

Sinopsis: “Detrás del Sol” Relata una historia de un Joven Musulman que creció en el Medio Oriente, pero adquirió sus estudios universitarios en Norte América.  viviendo muchos años en los estados unidos. El Film se desarrolla  cuando el vuelve a su pueblo donde su familia jamas aceptaría su nueva Fé, Ya que el se había convertido a Jesucristo, el temor y la preocupación se apodera de Él frente a una  persecución.  Una película que debes ver y no quedarte y compartirla con tus amigos.  Por favor Deja Tus Comentarios después de ver esta Película.

22 febrero 2017

El Odio es un veneno que nos mata a nosotros mismo…

La hija llega y le dice a su padre:

– ¡Papá, ya no aguanto más a la vecina! Quiero matarla, pero tengo miedo que me descubran.

¿Puedes ayudarme con eso?

El padre le responde: – Claro que sí mi amor, pero hay una condición…
Tendrás que hacer las paces con ella para que después nadie desconfíe que fuiste vos cuando ella muera.

Tendrás que cuidarla muy bien, ser gentil, agradecida, paciente, cariñosa, menos egoísta, retribuir siempre, escucharla más…

¿Ves este polvito? Todos los días pondrás un poco en su comida. Así ella morirá de a poco.
Pasados 30 días, la hija vuelve a decir al padre:

– Ya no quiero que ella muera. La amo. ¿Y ahora? ¿Cómo hago para cortar el efecto del veneno?
El padre entonces le responde: – ¡No te preocupes! Lo que te dí fue polvito de arroz.
Ella no morirá, porque el veneno estaba en ti.

Cuando alimentamos rencores, morimos de a poco.

Aprendamos a hacer las paces con quienes nos ofenden y nos lastiman. Aprendamos a tratar a los demás como queremos ser tratados. Aprendamos a tener la iniciativa de amar, de dar, de donar, de servir, de regalar, y no solo querer ganar y ser servido.

El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas. 1 Juan 2:9
No hablen mal de otra persona ni digan mentiras en su contra. (Éxodo 20:16 TLA)

Cascorro y Carapena

Sinopsis: Son dos vidas muy emocionantes y terribles que llevan un pasado muy estremecedor ¿Como será la convivencia de dos personas que son completamente diferentes en la celda de una cárcel? Los dias pasan y la rollo que los envuelve se va desmoronando para darnos a conocer. En el presente penitenciario que les toca vivir se les abren nuevas esperanzas al conocer a Jesucristo. Por favor no te olvides de Dejar tus comentarios después de ver esta Película.

El Don de saber Guardar Silencio

Guardar silencio y saber cuando hacerlo es un arte, una virtud. Es tan importante callar que las misma Palabra del Señor, nos dice que hay “Un tiempo para callar ”. (Eclesiastés 3:7)

En muchas circunstancias de la vida nos corresponde escoger callar o decir lo que pensamos, sin embargo la mayoría de las veces lo que queremos manifestar esta inundado de nuestra propia opinión, quizás el enojo o el sentimiento que tengamos en el momento nos lleve a decir lo indebido y causemos heridas a otro.

(Salmo 37:7) “Guarda silencio ante el Señor; espera con paciencia a que él te ayude. No te irrites por el que triunfa en la vida, por el que hace planes malvados”.

El mundo esta lleno de constantes ruidos y voces que nos roban la paz, pero en medio de ese sonido tormentoso el Señor nos habla a través de su palabra y nos dice una vez más: “Guarda silencio delante de Él.

Hoy, inclínate en la presencia del Padre y dile: En quietud y silencio te entrego mi tiempo, mis talentos, mi futuro todo lo que soy y todo lo que tengo es tuyo. Declaro que me debo solo  Dios y que aprenderé a escuchar tu voz y a callar esperando en Jehová.

    “Siempre que haces silencio en las momentos que estas enojado,

    y no encuentras que decir probablemente puedas estar tomando la mejor decisión.”

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